El Giro de Italia de 2025 ha echado el cierre y lo ha hecho con una etapa antológica que ya ha pasado a engrosar la interminable lista de etapas épicas de la carrera transalpina.
Lejos quedan aquellos insulsos Giros de principios de los 80 en que los organizadores, con el fin de contentar a las figuras italianas del momento, diseñaban etapas de alta montaña que raras veces cruzaban los grandes puertos italianos y las líneas de meta se quedaban en localidades situadas a media ladera.
Ante el acecho de una emergente Vuelta a España, que de la mano de Unipublic comenzó a descubrir para el ciclismo cimas que terminaron por ser míticas, el Giro de Italia se vio obligado a dar un cambio de rumbo, ya que su prestigio como gran vuelta por etapas estaba en entredicho, al tiempo que la Vuelta a España la adelantaba en el rango de favoritismo de los aficionados al ciclismo.
Ese cambio de rumbo, que tuvo lugar en los últimos años de la década de los 80, trajo una serie de puertos inéditos que permitieron a los organizadores buscar un modelo propio de etapas que resultase atractivo al aficionado y que le permitiera diferenciarse del tradicional modelo del Tour de Francia y de las nuevas tendencias marcadas por la Vuelta a España.
El puerto del Mortirolo se convirtió en el puerto icónico que necesitaba el Giro. Debutó, como un puerto más en 1990, al ascenderse por su cara más humana, la sur, sin embargo a partir de 1991 en que se subió por primera vez por la vertiente de Mazzo in Vatelina ya se vio el potencial que ofrecía una subida de más de 12 km al 10,35% de desnivel. Franco Chiocholi en 1991, Pantani en 1994, Tonkov en 1996, Ivan Basso en 2006 y Alberto Contador en 2015 fueron algunos de los ciclistas que brillaron en sus pendientes.
Sin embargo el gran éxito del Mortirolo no fue precisamente por ser final de etapa. Sus duras rampas cumplían una misión: romper la cabeza de carrera y dejar a los líderes de los equipos sin la compañía de sus mejores gregarios. Entonces llegaba la parte final del plan previsto: un descenso muy técnico seguido de una subida de poca entidad en la que curiosamente, con los ciclistas acumulando una gran fatiga y sin compañeros a los que seguir la rueda, las diferencias se disparaban. Aprica por si solo no es un final de entidad, pero Aprica tras el Mortirolo es una meta letal.

Puerto de Finestre. Foto Pinterest
El modelo de fin de etapa Mortirolo-Aprica, generalmente condimentado con Stelvio, Gavia o Valico de Santa Cristina y etapas rondando o superando ampliamente los 200 kilómetros, ha deparado grandes gestas al Giro de Italia.
Con la llegada del nuevo siglo la organización del Giro ha repetido el modelo pero cambiando los actores. Finestre hace de Mortirolo y Sestriere de Aprica, el resultado el mismo: etapas espectaculares, grandes diferencias y duelos épicos que hacen las delicias de los espectadores. El espectáculo visto el pasado 31 de mayo durante la ascensión al Finestre, similar a las gestas en ese mismo escenario en las ediciones de 2015 (Landa, Aru y Contador de protagonistas) y 2018 (Froome, Dumolin, y Simon Yates), ha sido digno de las más bellas etapas del ciclismo.
Mientras en los últimos años el Tour de Francia se ha ido encaminando a un ciclismo cicatero, con etapas de alta montaña con un kilometraje más propio de carreras juniors que de profesionales (únicamente el duelo Pogacar-Vingegard ha salvado las últimas ediciones) y la Vuelta a España ha abusado de líneas de meta situadas tras pendientes más aptas para las cabras, el Giro de Italia sigue fiel a un modelo de alta montaña con etapas de gran dureza y de gran fondo donde los ciclistas sobrepasan muchas veces en meta las seis horas de competición. El público italiano, abarrotando los pasos de montaña, el magnífico paisaje y las extremas condiciones climáticas (aunque este año el clima haya sido benévolo), contribuyen también a convertir el Giro de Italia en el más épico de los eventos deportivos.
Fotografía: Pinterest

